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lunes, 10 de octubre de 2011

Libre del castigo y del poder del pecado – Segunda parte

L. R. Shelton, Jr.

1921-2003

Romanos 6:1-4

Todo el capítulo 6 de Romanos está en contra del evangelio falso del cristianismo carnal. Después de considerar la pregunta del versículo 1: “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”, el versículo 2 nos dice no, que los que somos salvos hemos muerto al pecado y ya no andamos en él, porque al salvarnos, el Hijo nos ha librado del pecado y del dominio de su poder. En el versículo 3 leemos que al ser salvos fuimos bautizados por el Espíritu Santo en Jesucristo; es decir, que fuimos colocados en Cristo, y, por lo tanto, fuimos bautizados (colocados) en su muerte. Todo lo que Cristo, nuestro Señor, hizo en su muerte como nuestro sustituto, ha llegado a ser nuestro, porque estábamos con él en la cruz. Cuando fuimos salvos por su gracia, todos los beneficios que resultaron de su obediencia hasta la muerte, han llegado a ser nuestros. Esto es lo que Dios hace por cada alma que salva.

En el versículo 4 leemos que en razón de que ha sucedido esto, hemos sido sepultados por el bautismo en su muerte (o colocados en su muerte) y tal como Cristo fue resucitado de la muerte por el poder del Padre, nosotros hemos resucitado con él para andar en una vida nueva. En consecuencia, el pecado ya no ejerce dominio sobre nosotros porque hemos muerto al pecado así como Cristo dio muerte a nuestro pecado que cargó en su propio cuerpo en el madero (vv. 9, 10).

Podemos comprender estas verdades que encontramos en Romanos únicamente por el poder revelador del Espíritu de Dios; pero, mi querido amigo, sólo si Dios tiene a bien revelarlas a nuestro corazón por medio de su Espíritu, ¡qué riqueza de verdades espirituales encontramos aquí! ¡qué caudal de su gracia ha derramado sobre nosotros! Lo que el Espíritu Santo nos está diciendo es: hemos sido hechos uno en Cristo. Del mismo modo que Cristo murió por nuestros pecados, hemos muerto nosotros a estos mismos pecados. Y ya no tienen dominio sobre nosotros, porque el reinado del poder del pecado ha sido roto.

Romanos 6:5

En el versículo 5 tenemos una vez más la declaración clara de la unión del creyente con Cristo en las palabras: “plantados juntamente con él”. Lo que el Espíritu Santo nos está diciendo aquí es (lo que para mí da por tierra al evangelio del cristianismo carnal): Puesto que hemos sido plantados juntamente con Cristo en su muerte, hemos sido plantados juntamente con él en su resurrección. ¡Oh, que tomáramos nuestra Biblia y leyésemos lo que Dios ha hecho por nosotros y nos ha dado en Cristo al salvarnos! Allí encontramos que los beneficios que hemos recibido por identificarnos con él en su muerte nos son asegurados por el poder de su resurrección. ¡Y esto no deja nada que se preste a equivocaciones en la salvación positiva que nos es dada en Cristo Jesús el Señor!

Pero este versículo 5 nos subraya otra gran verdad: Por haber sido plantados juntamente con él, produciremos el fruto de la santificación (v. 22), porque estamos unidos a Cristo en esa relación vital de ser uno. Si comparamos esto con Juan 15:5 donde nuestro Señor dijo: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos” podemos ver esta misma verdad de identificación con Cristo en esa unión vital de ser uno. Y si estamos unidos a él siendo uno, entonces tal como él está en el cielo, así estamos en esta tierra como peregrinos y extranjeros camino hacia la gloria. Por lo tamo, siendo un buen árbol, produciremos buen fruto, según Mateo 7:18. Lee este versículo con cuidado, y verás que “un buen árbol no puede dar malos frutos”. ¿Por qué? Porque está identificado con Cristo, el sufriente, en la muerte al pecado y en la resurrección a una nueva vida que da fruto para santificación.

Amigo mío, ¿has notado la frase “no puede” en Mateo 7:18? El buen árbol, que representa al hijo de Dios nacido de nuevo (uno aceptado por Cristo y unido a él en la unidad de la fe en la salvación), no puede dar malos frutos. ¿Por qué? Porque el buen fruto del Espíritu Santo es producido por la vida de Cristo en nosotros. ¡Oh, mi querido creyente, esto se refiere a nuestra posición en Cristo! Sí, considero estos pasajes como benditos, porque me dicen que dado que he sido identificado con Cristo en su muerte y resurrección, entonces también, en virtud de su vida en mí, tengo la capacidad de vivir una vida nueva con el poder del pecado habiendo sido roto ya, y producir fruto para santificación, a medida que Dios por su Espíritu me va cambiando de gloria en gloria a la semejanza de Cristo.

Romanos 6:6

Llegamos ahora al versículo 6 de este capítulo 6 de Romanos, que dice: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado”. Primero consideremos la expresión: “Sabiendo esto” que, en mi opinión, es una evidencia más en contra del falso evangelio del cristianismo carnal. ¿Cómo? Por la enseñanza del Espíritu Santo cuando nos encontramos bajo convicción. Está diciendo aquí que esto es algo conocido, algo sobre lo cual todos tenemos que estar absolutamente seguros, por lo tanto, el Espíritu Santo dice: “Sabiendo esto”. Quizá preguntes: “¿Qué es lo que tenemos que saber?” Esto: que morimos al pecado en la muerte de Cristo, y que resucitamos en la resurrección de Cristo para andar en una vida nueva; y, por consiguiente, hemos llegado a ser nuevas criaturas en Cristo. ¿Sabías esto? ¿Vives siempre en la luz de este conocimiento? ¿Estás seguro de esto? Si eres salvo, tienes que estar seguro porque es una parte vital y esencial de nuestra salvación. Ahora contamos con el poder para despojarnos del comportamiento anterior del viejo hombre que está viciado por sus deseos engañosos, y vestirnos del nuevo hombre creado a semejanza de Dios en la justicia y santidad de la verdad (Efesios 4:22-24). Sí, porque el poder del pecado ha sido roto, podemos obedecer estos mandatos de no servir ya al pecado. ¿Obedecer perfectamente? ¡Ojalá pudiéramos! Esto es lo que los hijos de Dios anhelamos porque aborrecemos el pecado. No obstante, siendo salvos aprendemos de la Palabra de Dios y aceptamos por fe que ésta es nuestra posición en Cristo: ¡él nos ha librado del reino y de poder del pecado!

El Espíritu Santo nos enseña

Entonces, ¿por qué la mayor parte de la cristiandad no sabe de esta liberación del poder y del castigo del pecado? ¿Por qué tantos viven según la carne y no según el Espíritu? ¿Por qué ofrecen toda clase de excusas para andar en la carne y a favor del evangelio del cristianismo carnal? Amigo mío, lo que sucede es que les ha faltado la convicción que da el Espíritu Santo, porque si hubieran sentido la convicción que proviene del Espíritu Santo, habrían sabido de la esclavitud del pecado, y, por consiguiente, la liberación que él da. El Espíritu Santo les hubiera enseñado por medio de la convicción, las cosas que tanto humillan a la carne.

¿Cuáles son estas cosas que enseña las cuales humillan tanto a la carne? (1) Que tú y yo estamos destituidos de cualquier justificación o buenas obras que el Señor aceptaría (Isaías 64:6). (2) Que en nuestra carne no mora ninguna cosa buena (Romanos 7:18). (3) Que por naturaleza, tú y yo somos pecadores viles y miserables delante de Dios (Job 40:4; Apocalipsis 3:17). (4) Que tú y yo estamos destituidos de cualquier sabiduría espiritual (Romanos 3:11), y, por lo tanto estamos llenos de vanidad y orgullo (Salmo 39:5). (5) Que estamos destituidos de todo poder espiritual (Romanos 5:6), y, por lo tanto, no tenemos la capacidad de hacer algo bueno por nuestros propios medios (Juan 15:5). (6) Que tú y yo estamos privados de libertad (Isaías 61:1), y, por lo tanto, estamos vendidos al pecado (Romanos 7:14).

Además, el Señor nos enseña que somos esclavos de nuestras concupiscencias (Tito 3:3), y andamos según el consejo del diablo de cuya voluntad somos cautivos (2 Timoteo 2:26), porque, por naturaleza, somos de nuestro padre, el diablo (Juan 8:44). Esto es lo que Dios nos muestra bajo convicción, y, contando con este conocimiento, nos arrepentimos humillados ante Dios.

Amigo mío, lo que sucede es que bajo la convicción de su Palabra, el Espíritu Santo deja que la luz del glorioso evangelio de Dios ilumine nuestro corazón, manifestando la gloria de Jesucristo, y, por lo tanto, nos vuelve de las tinieblas a la luz, sacándonos completamente del reino de tinieblas para colocarnos en Cristo y en su reino. Esta es nuestra posición en Cristo por la obra de la cruz que él realiza en nosotros, y esto lo experimentamos por fe a medida que el Espíritu Santo nos enseña utilizando su Palabra. Gracias a esta obra entendemos por fe las palabras benditas de nuestro Señor en Juan 8:36: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”. Habiendo vivido en la esclavitud del pecado (¡sí, como esclavo!) ahora, por medio de la salvación en Cristo, el Espíritu Santo nos muestra por medio de su palabra, y aceptamos por fe, que hemos sido liberados (puestos en libertad) por el evangelio, el cual es poder de Dios para salvación. ¿De qué modo se efectúa esto en nosotros, y cómo podemos comprenderlo? Por medio de la obra del Espíritu Santo en nuestro corazón. Él obra el arrepentimiento en nosotros de modo que comparecemos ante Dios como culpables y con odio contra los pecados que hemos cometido contra Dios, y reconociendo que somos pecadores delante de él. Es también por medio del poder del Espíritu Santo a través del evangelio que creemos para vida y sabemos que Dios en su misericordia y gracia, ha perdonado nuestros pecados, cubriéndolos con su sangre preciosa; y nos ha dado un corazón nuevo y una naturaleza nueva, y, por lo tanto, nos capacita para poder andar en el camino de justicia y de auténtica santidad.

¿Qué es el evangelio?

Ahora bien, ¿qué es el evangelio? El evangelio es las buenas nuevas que Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó el tercer día conforme a las Escrituras (1 Corintios 15:3, 4). Por lo tanto, basado en este evangelio, que es Cristo mismo y toda su obra, Dios puede ser justo en librar al pobre pecador que acude a él con arrepentimiento y fe, y Dios considera todo lo que hizo Cristo como algo que él, el pecador, ha hecho. Así es que por causa de la obra de Cristo y por medio del poder del Espíritu Santo, se efectúa esta liberación.

Por la gracia soberana y gratuita, el pecador es librado, primero, de la condenación del pecado, del castigo de la ley y de la ira de Dios, en la justificación. Isaías 42:7 dice que Cristo fue enviado: “para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casa de prisión a los que moran en tinieblas”. En Lucas 4:18, 19, Cristo dice: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor”. También leemos en Romanos 8:1: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”.

Segundo, por medio del poder del verdadero evangelio de la gracia de Dios en Cristo Jesús que obra en la salvación, hay una liberación del poder de Satanás. Esta verdad de la gracia se manifiesta en Colosenses 1:13 con estas palabras: “el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo”. En Hebreos 2:14, leemos que Satanás, quien tenía el poder de la muerte, ha sido destruido para el creyente, y que el que es el hijo de Dios no volverá a estar bajo el yugo del poder de Satanás (1 Juan 5:18).

Tercero, en la salvación por medio del poder del evangelio, el pecador es liberado del poder del pecado. Presta atención una vez más a Romanos 6:14, 18: “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia... y liberados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia”. Sí, nuestro Dios nos ha librado de una vez para siempre de la esclavitud del pecado por el derramamiento de su propia sangre preciosa, habiendo obtenido para nosotros la redención eterna. Sí, la redención es por medio de sangre y de poder. Cristo pagó el precio al derramar su sangre, y el Espíritu Santo, por su poder, nos da la experiencia de la salvación. ¡Esto es lo que el evangelio hace por nosotros! Por lo tanto, jamás volveremos a estar a la venta como esclavos, porque nos hemos convertido en hijos de Dios, herederos del Padre y coherederos con Cristo. Y nuestro cuerpo es ahora el templo del Espíritu Santo. ¡Esto es motivo para elevar nuestras preces a Dios!

Cuarto, por medio de su poder, el evangelio nos da un corazón nuevo y una naturaleza nueva a fin de capacitarnos para servir a Dios y andar por un camino que nunca hemos transitado antes: ¡el camino de justicia! ¡Causa que guardemos su Palabra! ¡Qué pensamiento tan glorioso! Todo el pueblo de Dios ha sido salvo y está seguro para siempre, debido al poder del Espíritu Santo que nos guarda y mora dentro de nosotros.

¿Sabes algo de este evangelio de gracia en Cristo, que nos libra del poder y del reino del pecado? ¿O has sido engañado por ese falso evangelio del cristianismo carnal que se manifiesta en meramente creer y no libra del poder ni del reino del pecado, y, por lo tanto, condena tu alma? ¡Fuera con ese evangelio tan falso! Venga el verdadero evangelio de la gracia de Dios que viene con poder para romper el pecado en nuestra vida y corazón, y nos hace andar en una vida nueva en el Señor Jesucristo.

Libre del castigo y del poder del pecado – Primera parte

L. R. Shelton, Jr.

1921-2003

"No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” – Gálatas 6:7, 8

Trasladado al reino de la gracia

La inclinación de la vida del hombre tiene que ser hacia el Espíritu de Dios, de otra manera, no es salvo. Si siembra para su carne, de su carne segará corrupción. Leemos en Romanos 8:5: “Porque los que son de la carne, piensan en las cosas de la carne” y, en el versículo 6: “Porque el ocuparse de la carne es muerte”. Esto se refiere a la muerte espiritual (la segunda muerte en el infierno), según Romanos 6:23; 8:6. “Y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:8). Así que, si un hombre anda en el camino de la carne, no es de Dios. No agrada a Dios, sino que a sí mismo. Por otra parte, si uno vive según el Espíritu, se ocupa de las cosas del Espíritu, “y el ocuparse del Espíritu es vida y paz” en Cristo (Romanos 8:6).

La Palabra de Dios afirma claramente en muchos pasajes que cuando Dios salva al pecador en Cristo, dándole un corazón nuevo y una naturaleza nueva, lo saca completamente del reino del pecado (el dominio, el reinado y la soberanía del pecado), y lo traslada al reino de la gracia. Coloca al pecador redimido y salvo bajo el reinado de la gracia. Para comprobarlo, consultemos la ley y el testimonio de la Palabra de Dios en Colosenses 1:13: “el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo”. Aquí el apóstol Pablo les dice a los creyentes en Colosas que ellos, que antes pertenecían al poder y el reino de las tinieblas (de Satanás y del infierno), han sido trasladados (o transferidos) de ese reino al reino de Cristo bajo el reinado de su gracia. Así que, ya no están bajo el poder ni el dominio del reino del pecado y las tinieblas, sino que ahora están bajo el poder y el dominio del reino de la luz, del cielo y de la gracia, lo cual les fue concedido por el Dios soberano en Cristo.

También cuando escribe a la iglesia en Filipos, el apóstol Pablo dice acerca de los cristianos: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filipenses 3:20). No nos dice que nuestra ciudadanía estará allí, sino que está ahora en los cielos. Somos una colonia del cielo viviendo en este mundo, pero nuestra ciudadanía ya ha sido determinada por la gracia de Dios en la salvación, obrada en nosotros por el Espíritu Santo. Y encontramos esta misma verdad en Efesios 2:19 –los creyentes ya no son “extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos con los santos, y miembros de la familia de Dios”. En otras palabras, ha sucedido un cambio completo en nuestra posición. Hemos cambiado de reinos de una vez para siempre, de modo que ya no residimos en el territorio del pecado; y debido al hecho de que ya no vivimos bajo el dominio del pecado, el pecado ya no controla nuestro destino.

Antes de llegar a ser hijos de Dios por medio del nuevo nacimiento, estábamos unidos a Adán. Por el hecho de pertenecer a Adán y a su raza caída, todas las consecuencias de su pecado y sus acciones han recaído sobre nosotros. Pero si somos salvos, ya no estamos en Adán, ahora estamos en Cristo. Existen sólo dos posibilidades para cada persona que vive en la actualidad: estar en Adán o estar en Cristo. Éste es el mensaje total de Romanos 5:18, 19. Presta atención al leerlo: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación [el reinado del pecado en Adán] a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida [el reinado de la gracia en Cristo]. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores [el reinado del pecado en Adán] , así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos [el reinado de la gracia en Cristo]. Y en el versículo 17: “Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte [el reinado del pecado en Adán], mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, [el reinado de la gracia en Cristo]”.

Libres del poder del pecado

Lo que estamos diciendo es esto: ¡El evangelio de la gracia de Dios pone en libertad al pobre pecador cautivo! Queda libre tanto del poder como del castigo del pecado, porque ahora está en Cristo y en su reino. ¿Te das cuenta que el verdadero evangelio es “ poder de Dios para salvación” (Romanos 1:16)? La palabra “poder” se deriva del vocablo “dunamis” que se refiere a dinamita. Así, esta dinamita del verdadero evangelio nos libra del pecado para andar en la vida nueva en Cristo. Cuando comparezcamos delante de Dios como pecadores perdidos, y escuchemos del tribunal del cielo la sentencia de nuestro destino –“el alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:20)-- y nos sometemos a este juicio, sabiendo y reconociendo que somos pecadores que merecemos el infierno, luego, cuando escuchamos la predicación del evangelio –las buenas nuevas de liberación por medio de la sangre de Cristo-- y por el Espíritu Santo esto penetra nuestra alma, anhelamos este regalo de Dios en Cristo y clamamos para recibirlo. Por fe, vemos en Cristo y su evangelio una salvación completa que nos libra del pecado y todo su poder. Y nos lleva a confiar en él y alabarle por esta liberación que es para este tiempo y para la eternidad.

Mi amigo, ¿de qué sirve un evangelio si no presenta las buenas nuevas de liberación en Cristo? ¿O de qué sirve si no nos libra de lo que nos domina, nos ata y reina sobre nosotros, condenando nuestra alma al infierno? El verdadero evangelio libra a los hombres de la tiranía del pecado y rompe su poder. No les dice: “Pasa adelante en el culto profesando tu fe, dame la mano y pruébame por un día, una semana o un mes a ver si te va bien. Luego, si no lo puedes soportar, siempre puedes volver atrás para ser un cristiano carnal”. ¡No! ¡Ese no es el verdadero evangelio! El mandato del evangelio es éste: Acude a Dios con fe como un pecador arrepentido: Depone las armas de rebelión que has utilizado en su contra, luego, acércate a él (por medio del poder del Espíritu Santo que ahora obra en ti), lo harás aborreciendo el pecado y deseando al Señor Jesucristo, anhelando conocerle en su plenitud, conocer su poder y su liberación, y anhelando someterte a su señorío. Amigo mío, de esto se trata la gracia; y, por esta gracia, Dios te concede una salvación que no te dejará volver al reino de Satanás. La salvación de Dios te impedirá regresar al reino del pecado; porque esta gracia y este evangelio te domina, te guarda y te libera para este tiempo y para la eternidad, concediéndote gracia y poder por medio del Espíritu Santo que mora en ti a fin de que seas un vencedor en el Señor Jesucristo.

El reino de la gracia

Ahora bien, por medio del mismo evangelio que nos libra del reino del pecado, recibimos la garantía de la Palabra de Dios de que nuestros pecados han sido perdonados y que hemos sido trasladados al reino de la gracia y todo lo que significa en términos de poder. Porque el reino de la gracia es un reino muy potente, siempre produce ciertos resultados. Considera las siguientes preguntas: ¿No produjo el reino del pecado ciertos resultados? ¿Acaso no causó que la muerte se enseñoreara sobre nosotros? ¿No causó que pecáramos al hacernos odiar, blasfemar, matar, mentir, defraudar, robar, codiciar, envidiar y dar falso testimonio contra nuestro prójimo? ¿Acaso no nos llevó a hacer las cosas que desencadena la ira de Dios sobre nosotros? ¿No nos hizo ignorar nuestras convicciones y encaminarnos hacia el infierno? Claro que sí. Porque reinaba sobre nosotros. Era algo muy potente, era el soberano en el trono del corazón y teníamos que obedecerle. Del mismo modo, la gracia reina sobre cada hijo de Dios: “mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia“ (Romanos 5:20). Efectivamente, así como el poder y el dominio del pecado garantizan ciertos resultados, el reino y el dominio de la gracia garantizan más resultados todavía. Y estos resultados garantizan que mi salvación completa y definitiva está completamente asegurada. Garantiza que toda la dinamita y el poder tremendo del reino de la gracia están sobre mí y obran en mí, para llevarme al final, a la presencia de Dios, a un estado de absoluta perfección en la glorificación.

Dado que éste es el propósito del evangelio –romper el dominio del pecado y entronizar el poder de la gracia-- ¿seremos cristianos “carnales” y dejaremos el cetro en las manos de nuestra carne? ¡No! El propósito de la gracia de Dios que nos da en el evangelio es destruir al pecado con todas sus obras y todo lo que le pertenece (¡lo cual hará la mañana de la resurrección!). Porque Romanos 6:14 nos dice: “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros”. ¿Por qué? Porque la gracia es mucho más poderosa. Donde abunda el pecado, sobreabunda más la gracia, ¡y este es el evangelio que la Biblia declara! Este es el evangelio de la gracia de Dios en Cristo que rompe el poder del pecado, nos libra y reina en nosotros, para que podamos andar en el camino de la justicia y la verdadera santidad. ¡Ningún otro es el verdadero, sino que es un evangelio pervertido! Por lo tanto, si estás viviendo en pecado, escondido detrás de una falsa profesión de fe, presentando excusas por tus pecados, y si el poder del pecado no fue roto a pesar de que dices que te convertiste, entonces te digo que, según la Palabra de Dios, estás perdido y no sabes nada del poder del verdadero evangelio de Cristo.

Es imposible seguir en pecado

Es más, esto nos lleva a Romanos 6:2: “Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos en él?” No podemos hacerlo. ¿Por qué? Porque la palabra “vivir” significa “continuar y morar”. Esto nos lleva a comprender que, en vista de nuestra posición (bajo el reinado de la gracia), ¡nos es imposible continuar viviendo una vida de pecado! Fíjate lo que dice 1 Juan 3:9: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios”. Esta profunda declaración significa que el que nace de Dios ya no sigue en una vida de pecado, o sea que no hace de él una práctica. No puede continuar bajo el reino del pecado porque su simiente (la de Cristo) permanece en él, es decir, la nueva vida de gracia en Cristo. Juan no está afirmando que el que ha nacido de Dios nunca puede cometer un pecado, porque si éste fuera el significado del versículo, no habría nadie en el cielo, ni habría ningún cristiano hoy sobre la tierra. No, lo que está diciendo es que tal persona no puede continuar viviendo en el reino del pecado. Nota la palabra “no”, o sea que es imposible. Nuestro Señor dijo: “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre”. Por lo tanto, considera todos estos pasajes y verás claramente que es imposible que un cristiano viva en el pecado, porque está bajo el poder de la gracia y vive en el reino de su fuerza poderosa. Porque el alma redimida se encuentra bajo la influencia y el poder de Cristo, no puede seguir viviendo donde vivía antes porque la misma gracia se lo impide.

Ahora bien, no estoy diciendo que la Biblia enseñe la perfección sin pecado, ni que nuestra naturaleza pecaminosa pueda ser erradicada en esta vida. Esto se debe a que el pueblo de Dios todavía tiene el pecado en la carne, tal como lo explica Romanos 8:10. Lo que está diciendo la Palabra de Dios es que el pecado reinó para muerte antes de que Dios nos salvara, ahora la gracia reina por medio de la justicia, y mayor es el Espíritu Santo que está en nosotros para hacer que la gracia abunde más dentro de nosotros que aquel que desde afuera (Satanás) cause que el pecado abunde en nosotros. El Señor dice más adelante en Juan 8: “Así que si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36). Esa es una libertad absoluta en la que interviene el Hijo, porque vino para darnos vida, y para que esa vida sea más abundante en él.

Este es el verdadero evangelio de la gracia de Dios en Cristo Jesús, del cual dijo Pablo: “No me avergüenzo del evangelio porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16). Este evangelio no sólo hace posible que seamos salvos, sino que también nos da todo lo que necesitamos para guardarnos por toda la eternidad. Por lo tanto, dice Romanos 8:1 de los que somos salvos por el verdadero evangelio y la gracia de Cristo: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” para alabanza de nuestro Dios de gracia, ¡podemos decir que podemos andar, y andaremos, conforme al Espíritu, por su gracia!

domingo, 9 de octubre de 2011

Muerte al yo y al pecado

L. R. Shelton, Jr.
1921-2003

“No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gálatas 6:7, 8).

Cuidado con ese evangelio falso que deja al hombre seguir en sus pecados y sembrar para la carne y, no obstante, le ofrece la esperanza de llegar al cielo. Cuidado con ese evangelio falso que sólo vende una póliza contra las llamas del infierno pero no da ningún poder sobre el pecado. Cuidado con ese evangelio falso que deja que uno siga en su vida carnal y no exige la muerte de su naturaleza carnal. Cuidado con ese evangelio falso que permite una religión sin vida, o una profesión de fe sin la posesión de la fe. Cuidado con ese evangelio falso que hace creer que hay dos caminos al cielo, y no el único camino que nuestro Señor describe en Mateo 7:13, 14 como “el camino angosto”. Lo que sucede es que este evangelio falso abre un segundo camino, el camino del cristianismo carnal – “camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 16:25). ¡A la carne le encanta, pero es un camino que lleva al infierno!
¿Un compañero amistoso?
Vuelvo a repetirlo: cuidado con ese evangelio falso que se predica en la actualidad, que no exige nada, sino que muestra un camino fácil a la salvación (que no es más que el camino más corto al infierno). Este evangelio falso no se opone a la carne, sino que es “un amigo”, y, comprendido correctamente, es la fuente de mucha diversión buena y limpia y placeres inocentes. Nos deja vivir sin interferencias, nunca nos cambia la vida; sigue dejándonos vivir disfrutando de nuestros placeres, pero ahora, en lugar de cantar en la cantina y beber licor, nos deleitamos en cantar coros y ver películas religiosas. Sigue habiendo un énfasis en pasarla bien, pero ahora nos divertimos a un nivel más elevado tanto moral como intelectualmente.
Este evangelio falso promueve un tipo de evangelismo nuevo y distinto. No procura dar muerte a la vida pecaminosa antes de brindarle la nueva vida en Cristo, sino que lo manda recibir la nueva antes de hacer morir la vieja. Así que sólo intenta encaminar al pecador en una nueva dirección. Lo encamina a una manera de vivir alegre, en la que puede mantener su amor al “yo”. Este evangelio falso le dice al hombre seguro de sí mismo: “Ven y muéstrale tu seguridad a Cristo”. Al egotista le dice: “Ven, jáctate en el Señor” y, al que siempre anda en busca de una nueva emoción, le dice: “Ven y goza de la emoción del compañerismo cristiano”. Intenta echar vino nuevo en odres viejos, pero ¡esto no puede ser! Lo viejo tiene que ser derribado antes de que lo nuevo pueda ser edificado.
El significado de la cruz
Como ves, a este evangelio falso del cristianismo carnal se le pasa completamente por alto el significado principal de la cruz, el cual es la muerte. Pero el evangelio de la gracia de Dios en Cristo, que es poder de Dios para salvación, exige la muerte, la sepultura y la resurrección de ti, pecador, en Cristo. Presenta la cruz de Cristo como el final repentino y violento de todo lo que eres por naturaleza, y te resucita a una vida nueva en Cristo con las cadenas del pecado ya rotas. Pone fin a tu orgullo y ambición, y te deja a los pies de un Dios Santo implorándole misericordia.
El verdadero evangelio de Dios te dice que debes tomar la cruz de Cristo, y despedirte de tus amigos y del mundo, porque ya no vuelves como la misma persona. No te dice que dará una nueva dirección a tu vida, sino que vas al lugar de muerte. Hebreos 13:13 dice: “Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio”, porque allí es donde morimos al mundo. El propio Señor Jesús dice en Lucas 14:27: “Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”. Tenemos que morir al mundo y a todos sus placeres y atracciones, tal como nos dice Gálatas 6:14: Por medio de la cruz de Jesucristo “el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”.
¿Sabías que los dos ingredientes que componen la sal casera que usamos todos los días, son un veneno mortal si se consumen por separado, y que pueden causar la muerte? Pero cuando se combinan, se convierten en una bendición en la forma de sal, la cual purifica, da sabor, preserva y es usada de tantas maneras diferentes. ¡Es lo mismo con el verdadero evangelio, el evangelio de la gracia de Dios! ¡Podemos predicar a Cristo y su sangre para el perdón de los pecados, engañando al pecador, si no le contamos que la muerte de Cristo significa la muerte también para él mismo y sus costumbres, y la muerte al pecado! Si no incluimos todos los ingredientes en el mensaje que predicamos, lo que predicamos se convierte en un veneno mortal para su alma, que lo condena en lugar de salvarlo.
¡Nada de compromisos!
Esta doctrina o evangelio del cristianismo carnal (que ni es un evangelio) se ha extendido por toda la cristiandad en la actualidad, y no contiene ese ingrediente que es el arrepentimiento. Es el ingrediente que causa que aborrezcamos al pecado, mostrándonos que el poder del pecado debe ser roto, y que Dios, por su Espíritu, no sólo nos justifica sino que también nos santifica cuando la salvación es auténtica. La justificación y la santificación son las dos caras de una misma moneda, y cuando Dios nos justifica ante sí mismo en Cristo mediante su sangre, también nos santifica, es decir, nos separa para su uso, y nos hace andar en sus caminos.
Así que el verdadero evangelio de Cristo no se compromete con el pecado. Exige realmente arreglar cuentas con Dios o perecer. Dice: “Sométete pecador, sométete al Dios santo y soberano con un corazón arrepentido, sométete, a Cristo con fe, confiando sólo en él para ser salvo”. Y debes abandonar todos los pecados, tienes que renunciar a todos tus pecados, arrepentirte de todos tus pecados, y aborrecer todo pecado. Tienes que morir al mundo, y el mundo a ti. Tienes que dejar a un lado tus pecados y a ti mismo. De otra manera, nunca podrás conocer a Cristo en una auténtica experiencia de salvación. El evangelio de la gracia de Dios en Cristo Jesús no te permitirá encubrir, defender o excusar ningún pecado, porque cuando el poder convencedor del Espíritu Santo obre en tu corazón, morirás al pecado y a ti mismo; y luego Cristo, con su gran poder, el poder del evangelio, te resucitará a una vida nueva. Esta será su vida en ti, y serás una nueva criatura en Cristo.
Por lo tanto, querido amigo, no procures ponerle condiciones a Dios, porque mereces ser arrojado al infierno, pero por causa de Cristo, Dios puede tener, y tendrá, misericordia de ti si acudes a él como un pecador que sólo merece el infierno, y renuncias a tus pecados y vuelves a Dios, y te apartas de ellos con un arrepentimiento auténtico y sincero. Esta es tu única esperanza de salvación en Cristo, o sea, acercarte a él como un hombre condenado, implorándole que te quite la vida o te salve por causa de Cristo. Ven a él con la cabeza baja tal como eres, un pecador perdido, porque él vino a “salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).
El verdadero evangelio de Cristo no sólo se niega a comprometerse con el pecado, sino que tampoco da lugar a un camino intermedio, o uno que tiene algo del camino ancho y algo del camino angosto. ¡Esto no existe! Porque cuando acudes a Cristo para librarte del castigo del pecado en el infierno por medio de su obra en la cruz (y esto es justificación), también te acercas a él por tu necesidad de librarte del poder y del dominio del pecado en esta vida (y esto es santificación). La misma naturaleza de la fe que incluye al Cristo completo, requiere que no se separe la justificación de la santificación. Porque Cristo mismo –su Persona misma-- es nuestra salvación y esperanza de gloria, y no se puede dividir a la Persona de Cristo. Nadie puede llamarle Señor sino por el Espíritu Santo (1 Corintios 12:3), y no podemos conocerlo como Salvador sin conocerlo como Señor que rompe el poder del pecado y nos pone en libertad. Como nos dice Juan 8:36: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” –¡libres del pecado! Por la salvación de Dios morimos al pecado y al dominio de su poder (Romanos 6:2).
Hemos muerto al pecado
¡Qué trampa tan sutil ha tendido Satanás a la vasta mayoría de la cristiandad en la actualidad! Es tan sutil que muchos han sido engañados y no pueden ver que lo han sido, piensan que es posible ser salvos sin que el poder del pecado sea roto en sus vidas (el dominio de su poder). Creen que pueden vivir en la carne y sembrar para la carne. ¡No obstante, se sienten muy seguros en cuanto a su alma eterna por el hecho de haber tomado la decisión de seguir a Cristo y estar viviendo lo mejor que pueden! Pero escucha lo que dice Romanos 5:19-21: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos. Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro”. Esto es lo que te he estado presentando: que cuando Dios nos salva, rompe el dominio del pecado, y entonces la gracia reina. ¿Cómo? Por medio de la justicia, y no aparte de ella, para que, por la gracia de Dios, podamos andar en la justificación y en la santidad auténticas.
Lo que sucede, mi amigo, es que este falso evangelio del cristianismo carnal ha saturado tanto a nuestras iglesias en la actualidad que nadie cuestiona su relación con Cristo, porque se le enseña que el creyente puede seguir viviendo según la carne, sembrar para la carne, y tener esperanza de ir al cielo cuando muera. Pero esta es una mentira que procede del infierno, porque, como te he mostrado, la Palabra de Dios enseña algo muy distinto. Según los versículos que hemos leído en Romanos 5, vemos que cuando la ley comienza a convencernos de qué terrible, culpables y ofensivos son nuestros pecados delante de Dios, descubrimos que el pecado abunda y reina en nuestro corazón y nuestra vida, y clamamos a Dios pidiendo misericordia. Cuando Dios nos salva en Cristo, nos da su nueva naturaleza, y envía su Espíritu para morar en nosotros; su gracia abunda y reina en el corazón y en la vida de su hijo redimido.
Romanos 6 comienza con la pregunta “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?” El versículo 2 da la respuesta: “En ninguna manera”. ¡Claro que no! ¡Imposible! ¡Ni lo pienses! Porque “los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” Si hemos sido librados del castigo y del poder del pecado, ¿seguiremos viviendo en él? ¡No! Porque hemos muerto al pecado.
Antes de continuar definamos la palabra “muerto”, porque “morir, muerto y muerte”, aparecen 14 veces aquí en Romanos 6. Entonces, ¿qué significa? Las Escrituras se refieren a la muerte física como la separación del individuo de su cuerpo físico, mientras que la muerte espiritual es la separación del individuo de la vida de Dios en la salvación. Entonces, lo que el Espíritu Santo nos está diciendo aquí es que hemos muerto de una vez para siempre al pecado –hemos sido separados del pecado como el soberano reinante en nuestra vida –y que ahora el principio de la gracia reina, y reina como soberano. Por lo tanto, andamos en una vida nueva (v. 4) y el poder del pecado está roto, y nunca más volveremos a estar bajo su dominio. ¿Por qué? Porque el poder de la gracia abunda mucho más, y, por consiguiente, éste es el verdadero evangelio: el evangelio de la gracia de Dios en Cristo.
“Entonces, ¿qué?”, vuelve a preguntar, “¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia?” Y nuevamente contesta: “En ninguna manera”. Porque, siendo lo que somos –pecadores justificados, lavados por su sangre y purificados-- ¿cómo podemos nosotros, que hemos muerto al pecado, continuar viviendo en él? La respuesta es que no podemos, porque, como nos dice Tito 2:11, 12, la gracia de Dios que reina ahora, nos enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos y a vivir sobria, justa y piadosamente en este siglo presente.
La línea fina de separación
Pero aunque podemos ver claramente en estos versículos de Romanos 5:20, 21 y 6:1, 2 que el verdadero cristiano, el auténtico hijo de Dios, ha muerto tanto a la culpa del pecado y su castigo como al poder del pecado y su dominio en el corazón humano, es justamente en este detalle tan delicado que se divide la cristiandad en la actualidad. Porque aquí es donde Satanás ha entrado con esta enseñanza cristiana carnal que sostiene que: “En el momento en que el hombre hace una profesión de fe en Cristo, es salvado de la culpa y del castigo del pecado. Pero el poder del pecado no ha sido roto, de manera que necesariamente continuará viviendo en pecado, y el pecado seguirá reinando en su vida”. Una vez más debo protestar y proclamar lo que la Palabra de Dios enseña: que, en la salvación, Dios quita tanto el castigo del pecado como su dominio (su poder). Sí, es cierto que el creyente todavía tiene pecado en la carne, pero éste ya no reina sobre él ni lo domina. Si en verdad es un creyente auténtico dirá: “He muerto al dominio del pecado, porque ahora el pecado no tiene dominio sobre mí, porque ahora el principio de la gracia y no del pecado reina en mi corazón y mi vida”. Entonces vemos nuevamente que esto es lo que el poder del verdadero evangelio de Cristo hace por nosotros: nos libera y nos pone en libertad en Cristo.
Escúchame, por favor. O estamos bajo el reinado del pecado en Adán, y, por lo tanto, perdidos, o estamos bajo el reinado de la gracia en Cristo y, por lo tanto, salvos. ¡No hay un camino intermedio como el cristianismo carnal! Si el Espíritu Santo, por medio de su omnipotencia, no nos ha sacado del dominio del pecado, estamos perdidos para siempre. Pero esto es sólo lo negativo; hay que hacer algo más. El mismo Espíritu Santo tiene que también trasladarnos al reinado de la gracia, y esto es lo que realiza en la salvación: porque conocemos su poder, su fuerza, su potencia y su influencia dinámica sobre nuestra vida cuando reina en nuestro corazón y vida mediante la justicia. Te advierto, mi querido amigo, ¡no te dejes engañar! Si siembras para tu carne, de tu carne segarás corrupción y condenación eterna. Pero si siembras para el Espíritu, del Espíritu segarás vida eterna en Cristo por medio de su gracia (Gálatas 6:6-8). ¡No te dejes engañar!

El evangelio falso del cristianismo carnal

L. R. Shelton, Jr.
1921-2003

Un evangelio falso

En la actualidad prolifera un evangelio falso del cristianismo carnal que ha engañado a muchas almas. La mayor parte del cristianismo de hoy no se ha sometido al señorío de Jesucristo. Estas almas han edificado su casa sobre la arena y, por lo tanto, sucumben fácilmente a esta enseñanza que ha saturado a nuestra nación y a nuestros púlpitos. Por lo tanto, nuestro propósito es exponer el verdadero evangelio y el falso, presentando claramente las advertencias de la Palabra de Dios de que no debemos sembrar para la carne, sino para el Espíritu. Espero que tengas un corazón receptivo y la Biblia abierta al orar que Dios obre en nosotros a través de su Espíritu.
La Biblia nos advierte sobre este falso evangelio en Gálatas 6:7, 8: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna”. En mi opinión, esta es una advertencia muy seria para todos nosotros, especialmente en esta época cuando se predica en gran escala el evangelio de una fe fácil y del cristianismo carnal. La realidad es que la mayor parte de la cristiandad está engañada respecto al estado de su alma eterna ante Dios. Lo que sucede es que se predica únicamente la justificación por la fe y se omite el vivir una vida santa. Han convertido la gracia de Dios en lascivia; la actitud de la mayoría ha sido: “Un poco de pecado no hace mal—es que, ¿sabes? no soy más que un ‘cristiano carnal’; además, ¿acaso la gracia no lo cubre todo?”
Santidad requerida por Dios
Pero mi oración es que Dios obre por medio de su Espíritu, y abra los ojos de los ciegos para que vean la tremenda pecaminosidad del pecado, de modo que se arrepientan, porque ésta es nuestra única esperanza. ¡Oh, cómo deberíamos clamar al Señor para que nos muestre la verdad de su Palabra que apele no a nuestros deseos carnales ni a nuestras emociones carnales, sino a aquello que nos despoja de la carne y nos presenta desnudos ante Dios en confesión y arrepentimiento! Debemos clamar a él pidiéndole que obre en nuestro corazón por medio de su Espíritu a fin de que la santidad de pensamiento, palabra y comportamiento caracterice nuestro corazón y nuestra vida.
Esta enseñanza falsa del cristianismo carnal ha saturado a nuestras iglesias de tal modo que a nadie se le ocurre cuestionar su relación con Cristo a pesar de la vida que lleva. Se les enseña que si han creído, eso es suficiente, y, por lo tanto su alma está en paz con Dios. Pero la Palabra de Dios no enseña tal cosa, sino que afirma lo contrario. Leemos en Hebreos 12:14: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”. Sí, la santidad tiene que caracterizar nuestra vida, “pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación” (1 Tesalonicenses 4:7). “Nos escogió en él [Cristo] antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:4). Dice también que él “nos salvó y llamó con llamamiento santo” (2 Timoteo 1:9) .Éste es el mismo que nos ordena como “hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia, sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos porque yo soy santo” (1 Pedro 1:14-16).
Nuestro pasaje de Gálatas 6 declara lo mismo. Dios quiere que comprendamos y que no nos dejemos engañar por esta falsa enseñanza, sea lo que fuere que los falsos predicadores y maestros digan al respecto: “Pues todo lo que el hombre sembrare, esto también segará”. Mi amigo, si siembras para la carne, de la carne segarás corrupción. No importa cuántas profesiones de fe hayas hecho o a cuál iglesia pertenezcas ¡no te puedes burlar de Dios! Él no hace acepción de personas. Cada persona que siembra para la carne segará corrupción.
Dios da arrepentimiento
El hombre que siembra continuamente para la carne, nunca ha sido salvo, nunca ha nacido de nuevo. ¿Por qué? Porque por medio de la convicción que da el Espíritu Santo, Dios nos concede la gracia para arrepentirnos, y con este arrepentimiento aprendemos a odiar el pecado, aborrecerlo, a despreciar a nuestro “yo” y a huir por fe a Cristo para ser liberados del pecado. Sabemos que el pecado no ha sido erradicado, porque sigue siendo una plaga en nuestra vida, pero el pecado no es ya la práctica de nuestra vida ni lo que la gobierna. No podría ser así porque el alma que Cristo salva ha recibido en su interior una naturaleza nueva y un corazón nuevo. Y ahora anhela las cosas santas y anda en el camino de justicia. Reconoce que esto es cierto porque el Espíritu Santo ha obrado en él las verdades que se encuentran en la Palabra de Dios. Lee en Ezequiel 36:26 acerca del corazón nuevo que Dios le ha dado, y en 2 Pedro 1:4 sobre la nueva naturaleza que ha recibido. Se entera por 1 Juan 3:9 que ha nacido de Dios, y que el que ha nacido de Dios, no hace del pecado la costumbre ni la práctica de su vida. ¿Por qué? Porque su semilla (la semilla de Dios) permanece en él, y ya no puede practicar el pecado. Oye decir a la Palabra: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él (1 Juan 2:15). Porque el Espíritu Santo por medio de su obra le ha enseñado que es un pecador perdido que sólo merece el infierno, que por haberse postrado a los pies de Dios con arrepentimiento, y por haber acudido a Cristo por su fe en Cristo como su Señor y Salvador y por haber reconocido que sus pecados también crucificaron a Cristo, ya no quiere tener nada que ver con el mundo. El amor de Dios ha sido derramado en su corazón por la obra del Espíritu Santo en él.
Además, aprende bien que “todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne [el deseo de entregarse a los placeres]... no proviene del Padre”, y, por lo tanto, lo aborrece y clama en su contra porque es lo que crucificó a Cristo. Aprende que “la vanagloria de la vida [el deseo de acapararse toda la atención]... no proviene del padre, sino del mundo”. Es decir, del sistema satánico del mundo del pecado, y, por lo tanto, lo aborrece y clama en su contra porque es lo que crucificó a Cristo. También aprende que “el mundo pasa y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (vv. 16, 17). Por lo tanto, desea por gracia, hacer la voluntad de Dios la cual es andar “en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:24).
Una naturaleza nueva
Puesto que Dios concede a cada pecador que salva un corazón nuevo y una nueva naturaleza, y pone su Espíritu Santo dentro de él para guiarlo a toda la verdad, ese pecador redimido ahora escudriña la Palabra de Dios, no para buscar pasajes que justifiquen sus pecados sino buscar las palabras que le adviertan sobre el pecado y le muestren cómo huir del pecado a Cristo. Lee en Romanos 8:6: “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz”, así que comienza a clamar al Espíritu Santo para que lo libre de una mente carnal y le dé una mente espiritual de vida y paz en Cristo. No, no procura ver lo cerca que puede caminar del mundo y del pecado, sino que procura caminar cerca de Dios en Cristo por medio de su Espíritu.
No escudriña la Palabra de Dios para encontrar los pecados de los demás a fin de justificar los propios, sino que los toma como advertencias para no cometer los mismos errores que otros han cometido y los han llevado al fracaso.
El hombre o mujer, niña o niño redimido por Dios quien recibe de él vida eterna en Cristo Jesús, presta atención a estas palabras de Colosenses 3:2-5: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria. Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría.” Si es así, ¿cómo puede alguien justificar una vida carnal? Es imposible hacerlo. Porque debido a lo que Cristo ha hecho por él, y porque la vida de Cristo es ahora su vida, esta alma redimida ahora quiere hacer morir las cosas de la carne, a fin de poder sembrar para el Espíritu y andar según el Espíritu. Querido amigo, éste es el modo como Dios obra en nuestra alma—yo lo sé bien: sé cuál es la diferencia entre el cristianismo carnal y la vida que se vive por la fe en el Dios vivo a través del Espíritu Santo, porque he vivido ambas. La única diferencia entre el cristiano carnal y yo es la gracia de Dios y ¡lo alabo por ella!
Por lo tanto, cuando el alma redimida oye la Palabra de Dios: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría”, y “Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Colosenses 3:5, 8-10). Así es que su anhelo es tener a Cristo y su vida para poder andar en el camino que agrada a Dios en lugar de andar tras el pecado, porque ha nacido del Espíritu de Dios y tiene un corazón nuevo.
En Colosenses 3:6, el Espíritu Santo nos da otra razón por la cual debemos andar en el Espíritu y no en la carne. Dice que no debemos andar en las “cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia”. Sí, los que andan por ese camino de desobediencia a la voluntad revelada de Dios, se encontrarán bajo su condenación e ira.
Después de la salvación, viene una vida santa
Amigo mío, ¡no quiero que te dejes engañar! Una vida santa, una siembra para el Espíritu, tiene que resultar de la salvación que Dios brinda en Cristo, de otro modo, no es una salvación de Dios, porque Cristo vino a salvar a su pueblo de sus pecados, y no en sus pecados (Mateo 1:21). Una vida santa, una siembra para el Espíritu, tiene que resultar de la salvación que Dios nos da en Cristo, de otro modo, el propósito de Dios al salvarnos no se cumple, y eso no puede ser. ¿Acaso no hemos leído que Dios nos ha escogido en Cristo antes de la fundación del mundo “para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:4). No podemos frustrar los propósitos de Dios hacia su pueblo. Escucha otra vez esta afirmación definitiva y positiva: “Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación” (1 Tesalonicenses 4:7). Sí, una vida santa tiene que ser el resultado de la salvación que Dios da en Cristo, de otra manera la voluntad de Dios quedaría descartada, y esto no puede ser “pues la voluntad de Dios es vuestra santificación” (4:3). Santificación es ser separado del pecado por la obra progresiva del Espíritu de Dios en tu corazón y en tu vida.
Además, una vida santa, una siembra para el Espíritu, tiene que resultar de la salvación que Dios brinda en Cristo, de otro modo la gracia de Dios no reinaría en la vida del creyente, y esto no puede ser, porque leemos en Tito 2:11, 12: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente”. Quiero que prestes especial atención a estos versículos, y pido al Señor que el Espíritu Santo los grabe en tu corazón. Cuando se manifiesta la gracia de Dios que nos da salvación, nos enseña a todos lo mismo. Y ¿qué es lo que nos enseña? Nos enseña a negarnos a nosotros mismos. ¿En qué sentido? En el sentido de rechazar al mundo y abstenernos de toda impiedad y lascivia del mundo porque aborrecemos el pecado, a Satanás, a nuestro propio yo y al mundo de iniquidad. “Todos” los hijos de Dios aprenden esta lección, no meramente algunos. “Todos” ellos son enseñados por el Espíritu Santo a aborrecer el pecado y a negarse a sí mismos. Si falta en la vida este negarse a uno mismo y odiar el pecado, también falta la salvación de Dios (Juan 16:13, 15; Isaías 54:13).
Pero el pasaje en Tito no se limita a darnos lo negativo; el Espíritu Santo nos manifiesta además, que la gracia de Dios nos da salvación, nos enseña algo positivo también, o sea: cómo vivir sobria, justa y piadosamente. ¿Dónde? ¿En el cielo? ¡No! Aquí mismo, en este mundo de maldad del presente, aquí en nuestro propio hogar, en nuestro trabajo o dondequiera que andemos. Porque, por medio de su gracia, el Señor nos ha librado del presente siglo malo (Gálatas 1:4).
Recuerda esto: el mismo Espíritu Santo enseña a todos los hijos de Dios las mismas lecciones. ¿Cuáles son? Nos enseña a rechazar y renunciar a toda impiedad y a todos los deseos desordenados; y también nos capacita para vivir una vida sobria, moderada y disciplinada en una manera piadosa y recta (Tito 2:12). En otras palabras, nos enseña cómo vivir una vida espiritualmente sana controlada por él, aquí en este presente siglo malo.
El evangelio falso –no tiene poder sobre el pecado
¿Cómo difiere todo esto del evangelio que se predica en la actualidad, un evangelio que no produce un corazón nuevo ni una naturaleza nueva; un evangelio que no vence el poder del pecado, sino que, en cambio, le permite a uno vivir en el pecado; un evangelio que meramente es como una póliza de seguro contra el infierno pero que ignora la santidad del pensamiento y del comportamiento; un evangelio que permite la entrega a los placeres de la carne y no pone ninguna restricción sobre la pasión, el orgullo o el corazón malo? ¡Esto no es evangelio, sino falsedad! Lo llamo falso porque dice que lo único que uno tiene que hacer es declarar las cuatro leyes espirituales, y creer en un Jesús histórico, por lo cual, al partir del momento en que “cree”, es salvo para siempre sin importar lo que haga.
¿Sabes que la persona promedio afirma haber hecho una profesión de fe a los 6, 8, 12, o 15 años, pero que luego la fue llevando la corriente del pecado, y que después de unos 10 años volvió y dedicó su vida nuevamente al Señor, y que ahora se dedica a la obra religiosa? De este grupo procede la gran mayoría de nuestros misioneros, maestros y pastores, quienes ignoran por completo lo que es un arrepentimiento de corazón o lo que significa presentarse delante de Dios como un pecador culpable y perdido. Si te encuentras entre este grupo, quiero decirte con mucho amor que has confundido el llamado a la salvación –acudir a Cristo como un pecador culpable, necesitado y perdido-- con el llamado al ministerio! Yo sé que esto sucede porque he oído tantos testimonios de esta clase. ¡Y me ha sucedido a mí! Yo confundí el llamado a la salvación por el llamado al ministerio, y sólo por la gracia de Dios fui vivificado para ver que había pasado por alto el verdadero arrepentimiento y fe, y que todavía me encontraba en la hiel de la amargura y en la esclavitud de la iniquidad.
Por lo tanto, proclamo hoy que no me avergüenzo del evangelio de Cristo: porque el evangelio es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree (Romanos 1:16). Esta salvación es la liberación del poder del pecado, cuya experiencia he tenido por medio de la gracia de Dios en Cristo, y, querido amigo, alabo al Señor porque Romanos 6:18 es cierto: “libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia”, o sea, siervos del que nos ha librado de la ley del pecado y de la muerte (Romanos 8:2).
Bien lo expresó C. H. Spurgeon:
Cada criatura se reproduce según su especie: la vieja naturaleza sigue produciendo y diseminando su multitud de pecados; no está reconciliada con Dios, ni puede estarlo, y, por lo tanto, sus pensamientos y sus acciones son de rebelión y odio contra Dios. En cambio, la nueva naturaleza “no puede pecar porque es nacida de Dios”. Tiene que producir su fruto de santidad, porque ella misma es santidad. En el nido de palomas, esperamos que sólo nazcan palomas. La vida celestial engendra aves del paraíso, tales como pensamientos, deseos y hechos santos, y no puede producir aves inmundas como la lascivia, la envidia o la malicia. La vida de Dios infundida por medio de la regeneración es tan pura como el Señor por quien fue engendrada, y nunca puede ser de otra manera. ¡Bienaventurado el hombre que cuenta con este principio celestial en su interior, porque se manifestará en su vida para abundar en santidad para la gloria de Dios! Querido lector, ¿tienes esta semilla divina dentro de ti, o permaneces aún bajo el dominio de una naturaleza corrupta? Esta pregunta merece una respuesta reflexiva e inmediata.